Hoy me
he hecho mayor. Y os preguntareis porque esta afirmación y porque ahora. Pues
es que tras tres años en tierra anglosajonas y evitando por todos los medios
ponerme al volante al lado erróneo de la carretera por fin lo he hecho. Y es
que ver a novio conducir tantas horas ha despertado el gusanillo dentro de mí. ¿Qué
queréis? me ha entrado morriña de mi Ibiza y de las grandes primiaventuras que pasábamos
juntos.
Así que
pensando que novio seria comprensivo me senté al volante.
Novio -
¿qué haces?
Yo -
arrancar
Novio -
¡espera a que se auto chequee! Apaga y vuelve a empezar.
Novio -
¿qué haces?
Yo -
ajustar el coche a mi tamaño.
Novio -
¿porqué?
Yo -
porque mido menos que tu...
Novio -
¿y tienes que toquetear todo? ¿Qué necesidad hay de cambiar la altura del cinturón?
Yo - ¿qué
si tengo un accidente no me arranque la tráquea?
Novio -
No me gusta tu actitud. Todavía no hemos salido y ya estas pensando en
estrellarte.
Yo -
no, eso no lo tenía pensado.
¡
Papum!
Yo -
jijiji (risa tonta de adolescente)
Novio -
¿qué pasa que ahora no sabemos meter las marchas? Y encima nos hace gracia.
Yo - es
que hacía casi 10 años que no se me calaba un
coche...
Y con
esto salimos de ese minimundo acogedor y protegido que es nuestra urbanización
para aventurarnos en la locura que es conducir en una gran ciudad, y de fin de
semana. Que la gente básicamente tira el coche donde le da la gana.
Novio -
¿no crees que vas muy arrimada a la izquierda?
Yo -
tranquilo, te acostumbras, a mi también me daba esa sensación.
Novio -
vete reduciendo a segunda.
Novio -
aquí puedes llegar a tercera
y bla
bla bla
Tras
interminables instrucciones sobre cómo conducir y acabar casi con la mano rota
por intentar cambiar donde en lugar de la palanca ahora está la puerta,
llegamos al centro comercial y, toco ¡aparcar!
